miércoles
que sea cierto el jamás
— ¿Puedo besarte?
— (…)
Se acordaba de esa primera vez que pudo convertir los principios asumidos en leyes inacabadas.
Aquella noche. A oscuras. Frente a sus ojos y su boca. Desmanteló cualquier miedo obligado y cualquier origen desolado. Entornó los ojos y se armó de fuerzas mirando lo más profundo de sus ojos verdes como si en un poema de Bécquer se hallara como si quisiera acabar con el mundo en ese preciso instante, como si ya no encontrara motivos para seguir el camino recto.
Abrió los ojos por última vez y al ver su como sus pupilas se hacían cada milésima de segundo más grandes la besó como si supiera que ya no podía volver a hacerlo más, acariciando cada segundo entre la suavidad de sus labios, rozando sus manos y sintiendo la más poderosa de las emociones que como ser humano se puede sentir.
— No puedo vivir sin ti
— (…)
Ella continuaba sin decir nada. Como si se hubiera para el tiempo. Como si las largas noches de insomnio no hubieran sido suficientes para descifrar su corazón y aceptar que quería alargar los instantes hasta el infinito, para eternizar sus momentos, para distraer al tiempo y otorgarle una lucha imbatible a las manos que se rozan mudas.
— Di algo porfavor
— Lo nuestro es imposible
Y, de repente, la realidad se volvió al punto exacto en el que se había abandonado. El tiempo ralentizado retomó las prisas usuales. Las manos se tornaron frías. Hielo. La piel erizada era suave de nuevo, y las pupilas pequeñas se inundaban de vacío. Silencio. Y, de nuevo un último grito;
— ¡Cómo si pudiéramos conformarnos con un jamás a medias!
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Valencia, España
