domingo

Ayer

El invierno podía ser la estación más fría del año, o por el contrario, la más cálida entre los brazos de un mundo que te espera para seguir viviendo.
Ayer, era invierno y, ayer, aquel hombre se levantó como había hecho hasta aquel momento, en una cama ajena, de un lugar que desconocía.
Miró a su alrededor y, por primera vez vio un trozo de realidad entre todo aquel vacío y, se sintió exhausto, retraído, como cuando llevas años esperando la llegada de algo que ansías y no llega porque te has limitado a esperar desesperado. Pues, eso sentía aquel hombre.
Debajo de ese conjunto de capas como escudos que había utilizado todos estos años para destruir todo lo que yacía bajo sus pies. Ante la idea indeleble de su mente de comerse el mundo, podía ver como no quedaban más capas y comerse el mundo había supuesto destruirlo completamente.
Sumiso, rendido en su propia piel, desnudo de poder, de valor, desnudo, sin capas, se colocó frente al espejo y observó su reflejo. Aquel hombre, por primera vez se paró a pensar, mirándose a los ojos, con la más completa sinceridad. Y, algo dentro de sí le hizo recordar su vida.
Ofendido, humillado, derramó unas pocas lágrimas que su última capa le había podido dejar y, sintió arrepentirse antes esa realidad que permanecía en imágenes en su cabeza.
Vacío, frío, soledad, nada. Eso era él en aquella espesura de habitación, donde se podían destacar un conjunto de olores, tan familiares para aquellas almas que como él, deseaban comerse el mundo, de una forma que implica destruirlo, entre el olor a acetona, al de alcohol y también, al de sexo se le restaban las ganas de continuar.
Se volvió en sí y caminó por aquella habitación recordando los distintos medios que había utilizado para hacer doler a su alrededor. Recordó, cómo dejó de ser el hijo y el hermano perfecto, para serlo como padre. Cómo se comía el mundo sin destruirlo y cómo pasó de toda aquella perfección a dejar de ser marido y más tarde padre. Se recordó las cientos de veces que había mentido, el dolor causado y , en su mente, la imagen de las ultimas lágrimas que hizo derramar a su madre comprendiendo que también había dejado de ser hijo.
Y, se paró frente al ventanal, lo abrió y, su capa final le permitió dejar caer las últimas gotas de arrepentimiento. Pero, ayer era demasiado tarde y, en el frío del invierno, sin brazos, mirando al infinito desde lo alto de aquel ventanal probó a volar.