La fría mañana se anunció como un golpe seco en la puerta.
Inconsciente, tardó varios segundos en reaccionar, mientras, al otro lado, alguien esperaba ser descubierto y dar esa noticia.
Como una leve punzada, como el roce de un cigarrillo encendido, la mirada de aquel desconocido se encontró con los ojos de ella, y su corazón comenzó a latir a una velocidad asombrosa. Cada segundo con mayor intensidad y, sin mediar palabra volvió a cerrar la puerta. Y, el hombre de detrás de aquella puerta de rostro frío y fúnebre marchó, se alejaba triste y solitario.
Agnes, se tumbó en la cama, con la cara en la almohada, presionándola. Y gritó, un grito seco y eterno. No habían lágrimas, se habían disipado con el dolor construido durante aquellas largas noches observando donde el sentir dolor y donde el querer quema, conforme se quebraba el cuerpo y desaparecían las fuerzas de un todo convertido en nada, de cómo maldecir al tiempo, a la vida y a sus fuerzas en querer doler.