Amargo sabor que dejan los días cuando, complacida la existencia por el seguimiento de un camino sin trazar, a esperas, perfecto. Se manifiesta una constante transgresión hacia el dolor y el hastío. Un hastío fundado por un principio fundamental, porque, al parecer, el cielo ha dejado de brillar, ha dejado de lado ese azul perfecto venerado en los días tan largos y cálidos que el pasado nos brindó.
Una vez, te hallas ante una realidad fría y oscura incapaz de abrir paso entre las nubes que no le dejan ver el cielo y , menos aún el suelo. Y, de nuevo quedarse a medio camino entre el todo y la nada, entre la eterna lucha de ideales y la constante pelea entre mente y corazón.
Otro tedio y un telos sin sentido se asoman al final del camino, como principio de otro nuevo. Distinto el sentido que hemos querido darle a la vida, sin darnos cuenta de que somos nuestro pasado, un pasado del cual contenemos una ingeniosa selección de momentos clavados en nuestra memoria. Un pasado seleccionado y grabado como perfecto, cuando sometemos a disputas nuestro presente. Y, así, hacernos notar que algo no funciona correctamente. Los días en los que, denominados así convencionalmente, los días que sin Sol estás dispuesta a continuar, pausadamente pero hacia delante, un progreso o un camino continuo, eterno pero a su vez finito, tratando de encontrar siempre el dulce sabor del buen tiempo, de la mejor elección y del eterno cambio.